He seguido con mucha indignación la secuencia de lo ocurrido estos días en el maravilloso pueblo guipuzcoano de Lazcao y no puedo salir de mi asombro. Resulta que a un pobre chico, que con su trabajo se mete en un piso, lo arregla, lo deja "guapo" para irse a vivir en él con su chica y ! hala ¡ sólo por la pura casualidad de ocupar el mismo edificio la sede social que tiene una determinada formación política le meten los cachorros de la gasolina un petardo, y adiós casa adiós sueño, adios dinero, adios. Pero no sólo eso, sino que aguantándose la íra contenida y, mientras se refugia en el consuelo de sus amigos y familiares para sobrellevar "los daños colaterales" de tanto machito, su sangre hierve y se desborda a borbotones cuando además percibe que sus autores (a buen seguro, alguno participaría en algún grado) se regocijan del daño ajeno. Sin encomendarse ni al santo patrón de su pueblo ni a nadie que pasara por allí en ese momento este muchachote del Norte, hace realidad " El sueño de todos los vascos de bien en 40 años de silencio ". pero todo no se acaba aqui. Lo que más indigna y más rechazo produce si cabe, es ver que al mismisimo alcalde Sr. Albizu, patxi para los amigos, el mismo que poco antes se manifiesta por las calles de su pueblo contra la barbarie de estos sectarios vasquistas, al que poco antes le han metido la bomba en su " etxea" va, y con ! 2cojones ¡, les sugiere a los chavales de la erriko-taberna que "denuncien al causante de tanto destrozo".El mensaje es el de siempre; que los vascos y las vascas están hartos y hartas; que estas no son formas de reivindicar ni de construir; que no representan al pueblo vasco, etc, etc, etc, y, mientras el pobre chaval ha tenido que poner kilometros de distancia por miedo a las represalias.

